26 enero, 2016

¿La psiquiatría es "solo para locos"?




En la práctica de la psiquiatría es bastante habitual encontrar personas renuentes a cualquier tipo de ayuda proveniente de aquella especialidad, bajo la premisa de que "la psiquiatría es solo para locos". Sería, por supuesto, anacrónico y hasta contradictorio avalar semejante aseveración desde esta tribuna; pero tampoco puede negársele cierto fundamento histórico. 

En este sentido, debemos recordar que la psiquiatría tuvo sus orígenes durante el siglo XIX, como heredera del alienismo, disciplina médica encargada de la custodia de los insanos en el manicomio, lugar natural y hasta terapéutico de todo aquel que perdiese el juicio, según la ciencia médica de aquel entonces. La palabra "psiquiatría" había sido acuñada por Johann Christian Reil en 1808, en un artículo titulado "Sobre el concepto de medicina y sus ramas, especialmente en relación a la rectificación del tópico en psiquiatría", pero demoró algunas décadas en imponerse. 

Para los autores representativos del alienismo no existían "enfermedades mentales" como las entendemos en la actualidad, sino un estado único de "alienación mental", que podía asumir diferentes variedades pero sin perder su unicidad. Estas variedades eran relativamente pocas; así, Philippe Pinel describió cuatro en su "Tratado médico-filosófico sobre la alienación mental" de 1809: manía, melancolía, demencia e idiotismo. 


Vale aclarar que la supervivencia de algunos términos del léxico psiquiátrico no debe llevarnos a equívocos. La manía de aquel entonces hacía referencia a cualquier estado de agitación o furor desencadenado por un delirio general; la melancolía se caracterizaba por un delirio exclusivo que podía conducir (pero no necesariamente) al aislamiento y estupor; la demencia hacía alusión a una debilidad general de las funciones intelectuales y afectivas, y el idiotismo era un estado de abolición absoluta del entendimiento (Jean Étienne Esquirol cambió esta denominación por idiocia, y le atribuyó el carácter congénito que prevaleció en lo sucesivo). Elaborar equivalencias indebidas lleva a la falacia de la continuidad de ciertos diagnósticos, y esto refuerza la idea de un "descubrimiento" progresivo de entidades nosológicas que existen naturalmente y al margen de nuestro entendimiento. Refutando tal creencia, se puede decir que los diagnósticos son elaboraciones hechas para agrupar, comprender y (en la medida de lo posible) tratar determinados comportamientos juzgados como anormales. 


La psiquiatría como especialidad médica se afianzó cuando los muros del asilo fueron traspasados y la patología mental comenzó a ser buscada en el mundo exterior. De este modo, el campo de los trastornos mentales dejó de circunscribirse a la pérdida del juicio y comenzó a abarcar diferentes estados que pudiesen generar sufrimiento o que significaran una desviación respecto al comportamiento promedio ("normal"). Así, con el transcurso del tiempo, el campo de la psiquiatría se extendió significativamente. 


Según la Organización Mundial de la Salud, aproximadamente 1 de cada 3 personas en el mundo ha tenido un trastorno mental durante su vida. En otras palabras, 1 de cada 3 personas en el mundo tendría que recibir tratamiento psiquiátrico en algún momento de su existencia, sino en varios. No han faltado quienes advierten sobre el aumento de las enfermedades mentales en todo el orbe. Al respecto caben tres hipótesis: 1) que realmente se haya incrementado la incidencia de trastornos psiquiátricos en el mundo, producto del estrés que genera la sociedad actual o cualquier otra etiología; 2) que en realidad no haya un aumento de trastornos mentales, sino que, al haber cada vez más acceso a los servicios de salud mental y menos estigma hacia el tema, cada vez más personas con padecimientos mentales se atreven a acudir a los psiquiatras y son (felizmente) diagnosticadas y tratadas (la hipótesis de la demanda oculta), y 3) que no haya cada vez más trastornos mentales ni que cada vez más personas con trastornos mentales salgan del anonimato, sino que la frontera entre la normalidad y la psicopatología se ha redefinido a lo largo del último siglo, llevando a que se considere como anómalas situaciones que antes no lo eran. 

Mucho se ha escrito sobre la inclusión de cada vez más entidades nosológicas en las clasificaciones de uso internacional. Por ejemplo, la primera versión del Diagnostic and Statistical Manual de la Asociación Psiquiátrica Americana (DSM 1, 1952) comprendía 106 categorías diagnósticas, en tanto que la última versión (DSM V, 2015) ha llegado a comprender 216. En esta proliferación de diagnósticos podría haber influido la industria de los medicamentos, evidentemente interesada en extender las prescripciones de una psiquiatría cada vez más farmacológica. Vale aclarar que esto no es patrimonio de la especialidad de la mente, sino que involucra a toda la medicina.


No pretende este escrito descalificar del todo al DSM ni a la Décima Clasificación Internacional de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud (CIE 10), como plantean algunos autores, que tildan a dichos manuales como "recetas de cocina". De hecho, el tener cierto consenso diagnóstico en diferentes partes del mundo resulta imprescindible para los estudios de investigación, tanto clínica como epidemiológica. Pero aun así es válido pensar que la supuesta "epidemia psiquiátrica" podría no ser más que un artificio generado por una expansión epistemológica de la psiquiatría, en detrimento de los cada vez más exiguos territorios de la normalidad.


Tampoco se entienda la pregunta titular como una invitación a responderla afirmativamente. Como se dice en el primer párrafo, sería anacrónico plantear un retorno de la psiquiatría a los fueros iniciales de la locura, pues muchas personas con trastornos menos graves encuentran alivio a su malestar con los tratamientos que ofrece aquella especialidad, y en esto cabe deslindar con las posturas extremistas de la antipsiquiatría, que niega inclusive la existencia de cualquier trastorno mental. Pero tengamos presente que la psiquiatrización de la vida cotidiana resulta cuestionable (no todo sufrimiento es enfermedad), más aún si va de la mano con una farmacolización excesiva, que desdeña otras alternativas terapéuticas, y con una visión etiológica simplista que pretende reducir cualquier comportamiento humano a desequilibrios de los neurotransmisores. Así pues, resulta cada vez más frecuente escuchar a quienes dicen estar deprimidos porque les "falta serotonina".

La farmacolización excesiva es producto no solamente de la influencia de la industria farmacéutica, sino también de una oferta que se ha visto sobrepasada por la demanda, llevando a consultas médicas cada vez más breves y, por lo tanto, propensas al diagnóstico rápido y el tratamiento apresurado. El mismo público es muchas veces exigente con la prescripción de psicofármacos, lo cual se traduce en un consumo creciente de tranquilizantes, que son muchas veces autorecetados o indicados por personas no expertas. Tal será la consecuencia de haberle "perdido el miedo" a los tratamientos psiquiátricos.  

Bibliografía